lunes, 8 de junio de 2009

Toledo a los ojos de... Gustavo Adolfo Bécquer

Dicen que no son las ciudades, que lo que importa y lo que te hace feliz son las gentes que hay en ellas, en este caso discrepo. Tengo una cuenta pendiente con Toledo, por dejar que me pierda en sus calles de madrugada, por dejarme leer sus leyendas, por dejar que me siente en un banco de su muralla o observar la puesta de sol y su reflejo en el Tajo, y por dejarme que cada vez que miro la ciudad por el retrovisor, di mi boca salga la frase: en breve vuelvo, y se me dibuje una sonrisa.

  1. La Calle de los Bécquer (Calle de La Lechuga)
  2. La Calle de El Cristo de la Calavera
  3. La Iglesia del Convento de San Clemente
  4. La Calle de San Ildefonso
  5. La Plaza de Santo Domingo el Real
  6. La Iglesia de San Juan de los Reyes
  7. El Arquillo de la Judería

1. La Calle de los Bécquer (Calle de La Lechuga)
Antiguamente llamada calle de La Lechuga. Resulta, que aquí al lado, a la izquierda según se mira la puerta de la Iglesia de Santas Justa y Rufina, aparece una pilastra visigoda decorada con numerosos relieves florales. Pues bien, Amador de Los Ríos unió a su antojo esta calle de Santa Justa y la de los Bécquer en una sola y le atribuyó el nombre por dichos adornos florales que, por cierto, tienen muy dudoso parecido con tal planta.

"Historia de las Calles de Toledo" viene a poner de manifiesto que en dicho número no existió casa alguna de estos hermanos sino una pensión en el nº 9 y si bien es cierto que vivieron en ella, esto lo fue por una muy corta temporada, justo en el momento en que Gustavo Adolfo y Valeriano, junto con su madre, recientemente viuda, llegaron por primera vez a Toledo, allá por el año de 1857.



2. La Calle de El Cristo de la Calavera
Leyenda: Eran tiempos de la Edad Media. El rey Alfonso VIII estaba preparando una gran expedición guerrera contra los moros y había conseguido reunir en Toledo un imponente ejército. El rey dispuso dar una última fiesta en el alcázar antes de la partida de la tropa, para elevar su moral. Damas y caballeros rivalizaban en elegancia. Los juegos amorosos eran acciones usuales. De entre todas las damas asistentes al baile real destacaba la belleza sin igual de doña INÉS DE TORDESILLAS. Su hermosura era tanta como su carácter altivo y desdeñoso. Todos los caballeros asistentes se hallaban prendados de aquélla linda mujer. Entre los más enamorados se hallaban don ALONSO CARRILLO y don LOPE DE SANDOVAL, ambos toledanos de nacimiento y amigos íntimos de su niñez. Tuvieron muchas luchas, pero una noche Los dos amigos pasaron a la plaza de San Justo y de allí llegaron a la que hoy se llama calle del Cardenal Cisneros, para dirigirse después a la plaza del Ayuntamiento. En uno de los palacios allí existentes y de los que hoy no queda rastro alguno, vivía su amada. Cuando entraron en la plaza torcieron pegados a los muros del templo catedralicio para contemplar la fachada de la vivienda de doña Inés y, con profunda sorpresa, vieron cómo en ese instante se abría el balcón del dormitorio de la dama y un hombre que salía de él comenzaba a deslizarse hasta el suelo con ayuda de una cuerda, mientras una figura blanca, sin duda la de doña Inés, despedía amorosamente al galán.
Los dos jóvenes se miraron y, tras un momento de indecisión, sus ojos y labios iniciaron una sonrisa que llegó a convertirse en carcajada. Al oírla, la dama cerró bruscamente el balcón.


3. La Iglesia del Convento de San Clemente
Este es uno de los conventos más antiguos de la ciudad pues ya existen documentos sobre su existencia que lo datan del siglo XII. La leyenda atribuye el origen del mazapán a una invención de esta comunidad de religiosas cistercienses.
Pero a nosotros lo que más nos interesa destacar es esta portada del siglo XVI obra de Alonso de Covarrubias, dicen que está la firma de Bécquer


4. La calle de San Ildefonso
En este momento nos encontramos en la Travesía de San Ildefonso que une la Plaza de las Capuchinas con la de Santo Domingo el Antiguo. En el nº 8 de esta calle, donde realmente vivió (o eso dicen). El nombre le viene dado a la Calle porque en esta casa contigua estuvo el Hospitalito de San Ildefonso, del siglo XIV, fundado para "el cuidado de mujeres pobres, peregrinas y públicas". El laurel que se puede ver por encima de la tapia lo plantó Bécquer. Este árbol, el laurel, es el símbolo de los poetas.



5. La Plaza de Santo Domingo el Real
Uno de los lugares preferidos por Bécquer es este precisamente en el que ahora nos encontramos y que ha sido, como veis por las placas colocadas en las paredes en su honor, el sitio donde se ha concentrado el mayor número de homenajes que se le han tributado. Esta plaza era una de los lugares preferidos y más visitados por Bécquer, habitualmente recorrida por él e inmortalizada en sus rimas cuando de ella escribió

"A oscuras conocía los rincones
del atrio y las portadas;
de mis pies las ortigas que allí crecen
las huellas tal vez guardan."
(Rima LXX. Gustavo Adólfo Bécquer)

Un buen día de 1855 Toledo resultó asolada por una epidemia de cólera y una de sus víctimas fue, precisamente, su madre. Además, coincidió con la separación de su mujer. Huérfano como estaba y con el ánimo de mitigar su soledad salió a dar uno de sus paseos nocturnos por la ciudad y cuando discurría por esta Plaza oyó el sonido triste de un órgano acompañado del canto no menos melancólico de un coro de monjas; miró al interior de la Iglesia y allí se decidió a entrar: se celebraba la ceremonia de toma de hábito de una novicia. Quedose ensimismado de la música del órgano, del repicar de las campanas y, sobre todo, de la mirada de aquélla novicia que, quizás por un instante, se cruzó con la suya. Cuenta entonces la tradición que nada más terminar la ceremonia salió del templo y sentado en los escalones del atrio compuso la que sería su rima número LXXIV:

"Me aproximé a los hierros
que defienden la entrada
y de las dobles rejas en el fondo
la ví confusa y blanca.
Me sentí de un ardiente deseo llena el alma;
como atrae un abismo, aquel misterio
hacia sí me arrastraba (...)
El umbral de esta puerta
¡ sólo Dios lo traspasa!".
(Rima LXXIV. Gustavo Adólfo Bécquer)

Tan impresionado quedó de lo visto en esta fecha (la tercera en la leyenda) que a ésta le añadió dos más anteriores que explicaran el inevitable final. En definitiva Bécquer en esas tres fechas tan alejadas en el tiempo desarrolla un sueño a través de una serie de sucesos que culminan en la "cruel" realidad de lo que ha soñado, escribiendo la única leyenda autobiógrafa donde el protagonista es él mismo.

6. La Iglesia de San Juan de los Reyes
Este monasterio de San Juan de Los Reyes cuyas ruinas tanto le inspiraron y donde tantas horas perdió en su contemplación. Tras la invasión napoleónica este monasterio quedó en ruinas y solo permanecieron algunos de sus muros y muy escasas de sus bóvedas en pie.

Desde aquí se relata muy bien la leyenda de
"La rosa de la pasión". Esta leyenda habla de un padre judío que se entera que su hija está enamorada de un cristiano. Una noche planean ir a matarlo a la otra parte del río. La hija se entera y decide ir en la ayuda de su amado. Cuando van a matar al cristiano la hija lo defiende y dice que se va con él, que Daniel (su padre) ya no es su padre y que se convierte al cristianismo

7. El Arquillo de la Judería
Gustavo Adólfo Bécquer se mostró, a lo largo de toda su vida, lleno de temor por la suerte que habría de correr la Ciudad de Toledo en el crepúsculo del siglo XIX y más aún durante las décadas posteriores. Estaba muy preocupado por la suerte de la Plaza de Zocodover y las callejas toledanas, amenazadas entonces por una corriente demoledora que, afortunadamente, nunca se produjo, no como en Madrid, Barcelona y otra muchas ciudades.
Su mejor defensa, desde luego, en su lucha contra las corrientes renovadoras fue, sin lugar a duda alguna, la prensa donde a través de sus innumerables artículos dedicados a Toledo, se erigió en sublime defensor de la misma; también por sus opiniones manifestadas a través de todos sus escritos en general y de las leyendas en particular.
Así, Gustavo Adólfo Bécquer decide situarse en un lugar concreto de la ciudad y erigirlo como ejemplo y símbolo de su radical oposición a la "destrucción". Y ese lugar concreto es éste donde nos encontramos, y el símbolo este "arquillo" que vemos y que pretendió ser derribado.
Para Bécquer, Sevilla y Toledo son las ciudades más sublimes de la humanidad que contienen en su ser la esencia misma de todo lo que las generaciones pasadas nos han legado. Esto dice el letrero que podéis ver en la fachada de esa casa:

Gustavo Adólfo Bécquer vio por última vez Toledo el día 19 de Diciembre de 1870. Tres días después murió en Madrid víctima de la tuberculosis.

Mis agradecimientos a http://www.mitoledo.com

2 comentarios:

Yes dijo...

Querido primo:
En primer lugar felicitarte por este espacio que tanto me gusta y que, ahora mismo no puedo hacerlo yo misma.
No conozco Toledo, es una promesa que le hice a tu novia en el día de sus treinta cumpleaños, pero que no voy a poder cumplir.
Hoy quiero regalarte otro fragmento de los relatos que Eduardo Galeano incluye en EL LIBRO DE LOS ABRAZOS.

CELEBRACIÓN DE LA VOZ HUMANA/2

Dice algo así: " ...........Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare.Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada."


Gracias por este espacio.

YES

Pilar Alcalá García dijo...

Siento decir que la madre de los Bécquer nunca estuvo en Toledo, ya que doña Joaquina Bastida murió en Sevilla, cuando Gustavo y Valeriano eran niños, concretamente en el año 1847.
No sé de dónde ha sacado esa información.
Saludos,
Pilar Alcalá